Candela, Mauricio, mi hermana y yo nos agazapamos tras unos arbustos, en el estacionamiento de aquél enorme edificio de ladrillo rojo. Parecía una iglesia, y en cierto modo era como una, aunque este templo estaba dedicado a la adoración de una Idea Corporativa, antes que a la práctica de una religión o filosofía teológica. Nuestra infiltración había sido enormemente dificultosa. Los Adultos que guardaban la entrada principal para los automóviles conversaban aburridamente mientras nosotros esperábamos aún el momento preciso para actuar. Otros Adultos de mayor rango, distinguible por sus barbas y sus trajes impecables, bajaban de los grandes automóviles de color negro y caminaban hacia la entrada principal del Gran Edificio, la cual daba hacia a la antigua avenida Irarrázaval, hoy la Avenida 404.
Justo ese día se celebraba una convención de Adultos importante del sector oriente de la capital. Estos grandes edificios eran llamados Capillas y su función era la realización de estas reuniones y eventos de los Adultos, que en esta época se practicaban de manera ritual. Eran secretas, y sólo los miembros selectos entraban; muchos otros miembros de los Adultos, como los guardias que cuidaban la entrada, la gran mayoría de ellos en realidad, no podían entrar. La mayoría de los miembros de la Policía tampoco, pero los de Inteligencia Civil, grupo de agentes de elite, sí. Sin embargo esos hombres y mujeres, reconocidos por su apariencia impecable, sus lentes oscuros, y sus rostros fríos y duros, usualmente prefería marginarse. Adoraban con un impulso casi obsesivo cumplir sus funciones, y en estos días álgidos eran nuestra mayor amenaza y nuestro mayor temor. Sin embargo, esa manía obsesivo-compulsiva estaba oculta bajo una máscara de elegancia refinada, pero verdaderamente fría, con la cual ejecutaban sus tareas. Inspiraban temor entre todos, rebeldes, comunes, adultos y policías y ellos lo sabían, y lo disfrutaban. Algunos de los nuestros habían sido apresados por los Agentes, y nunca volvimos a saber de ellos. Cada uno de los que perdimos fue una pérdida sensible, no sólo porque usualmente nos conocíamos todos y compartíamos cierta fraternidad que crecía a medida que nuestra organización se aislaba más y más; era pavoroso pensar quizás que clase de tratamiento o torturas sufrían en manos de los Agentes. Era improbable que mataran a los rebeldes que apresaban, pero la incertidumbre del destino de nuestros compañeros era lo que justamente nos hacía temer tanto. Además, cada vez que un miembro de los nuestros era capturado, desestabilizaban completamente el frágil actuar de nuestra organización; sabíamos que ellos serían interrogados y no podíamos estar seguro de que, bajo tortura, alguno de los nuestros no revelara información relativa la organización.
Por suerte en este caso, sólo habíamos visto un par de ellos, aunque siempre debíamos ser muy cuidadosos. Tenían una facultad especial para detectar disidentes, no sólo entre la gente común y corriente, si no que también entre miembros de los Adultos e inclusive dentro de la policía. Tenían el permiso, y de hecho lo cumplían a cabalidad, de portar armas de fuego, cuchillos, y otro tipo de elementos disuasivos de esa índole. Pero poco los usaban. Preferían un arma distinta que simplificaba el trabajo. Los Agentes preferían utilizar la "Pistola de la Obediencia". Este es un objeto, parecido a una pistola láser. Si uno de los Agentes quería atrapar a alguien, apuntaba en dirección a ese alguien y disparaba una especie de rayo. Cuando un rayo de esos te alcanzaba, te jodías simplemente. El rayo actuaba en forma de lazo, y una vez alcanza cualquier parte del cuerpo de quien es perseguido, el agente podrá dominar completamente su voluntad. Era un invento de veras terrorífico y uno de los productos de los que más se jactaban los Laboratorios Tecnológicos Echeñique, los cuáles se dedicaban casi íntegramente a la producción de material bélico y la fabricación y experimentación de nuevas tecnologías de control.
De todos modos, nerviosos como estábamos, esperamos quietos y silentes el momento adecuado. El Sol pegaba fuerte aún, pero atardecía. Bajo la sombra de los arbustos el aire era pesado y sofocante. En el preciso instante en que el reloj del frontis de la Capilla anunciaba las seis y media de la tarde, y la mayor parte de los asistentes al encuentro estaban dentro, dimos rápido inicio a nuestra operación. Yo y Mauricio abrimos nuestras mochilas y ensamblamos las aprtes de unos rifles, en tanto Candela alistaba las bombas. "Es tu turno" le susurré a mi hermana. Delgada y pequeña, pero muy ágil ella, se escabulló en dirección hacia la caseta de los guardias del estacionamiento. Cuando estuvo a suficiente distancia, sacó de un bolsillo una bolita y la lanzó dentro de la caseta, a través de una de las ventanas. Acto seguido comenzó a salir gas por las ventanas; los guardias debían estar en ese momento, profundamente dormidos. Sabiendo que teníamos poco tiempo, y sintiendo la adrenalina, yo y Mauri apuntamos los rifles hacia las ventanas de la Capilla. En los escasos segundos que mediaron entre el momento que fijamos la mira, y el momento en el que disparamos, alcancé a sentir como mi corazón se aceleraba, al tiempo que unas gotas de sudor bajaban por los costados de mi rostro. Lo siguiente que recuerdo es una rápida sucesión de imágenes. BUM! Los ventanales estallando. Humo. El fuego comenzando a abrasar rápidamente el exterior de la Capilla. Gritos y gente saliendo despavorida por la puerte principal. Nosotros cuatro echándonos las capas de camuflaje encima, muertos de susto, pero con cierta satisfacción. Pronto iniciarían la persecución. La punta del iceberg. Habíamos comenzado el ataque y ellos no tardarían en responder. Corrimos y nos dispersamos por las calles. Éramos a medias visibles, y por ende era mejor separarnos. Ya nos reuniríamos en un punto de encuentro. En otras Capillas de la capital en pocos minutos se iniciaría una oleada de atentados similares. Habíamos comenzado el ataque, tan sólo la punta del iceberg. Ellos no tardarían en responder.
Habíamos iniciado la Guerra.

No hay comentarios:
Publicar un comentario