martes, 20 de julio de 2010

La Sombra

Desde la avenida, doblé por la calle donde vivo, mientras el cielo quedaba a oscuras. Eran las 6 de la tarde, invierno, un día nublado y de mucho viento. El barrio extrañamente silencioso, me esperaba con sus árboles deshojados, pero levantados aún con holgura, figuras orgullosas y arrogantes, majestad de vida entre tanto cemento. Llegué a mi casa, del número 212, donde vivía sólo con mi hijo mayor en este momento. Entreabrí la puerta mientras una fuerte corriente entraba por el estrecho pasaje. Adentro estaba bastante oscuro, pero me sorprendió descubrir que mi Sombra, más oscura que la oscuridad de la casa, me esperaba allí. Danzante, me hizo un gesto con la mano y corrió, traviesa, hacia el fondo. Yo, desesperado por verla huir, intenté alcanzarla. Corrí tras ella, que bailaba y reía suave e inquietantemente, por los pasillos de la casa. Finalmente la encontré en el dormitorio en que yo y Marcela habíamos compartido durante tiempo, ahora sin uso. - Eres mía! - exclamé ofuscado. Mi sombra simplemente río con esa suavidad que atribuí siempre a Marcela, me saludó vivazmente, y se disipó entre medio de una nube de un gas extraño, que me hizo toser un poco. Desde entonces, busco mi sombra. He pegado carteles en las calles con su descripción; coloqué mi número y ofrecí recompensa. Muchos me han llamado diciendo que han visto una sombra traviesa, danzando corriendo, riendo y cantando, paseándose por el pequeño suburbio en que vivía. Estuvo incluso a la vista de todos dentro de un pequeño negocio. Pero yo no la vi. Todos me pedían una foto de mi Sombra, para reconocerla, saber si era ella. Lamentablemente, nunca nos sacamos una foto juntos.

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