Domingo recién pasado 24 de Enero. A eso de las 7 y tanto de la tarde nos pegamos un viajecito con mi viejo al Mall Plaza Tobalaba (que interesante fijarse en los orígenes de este nombre: término anglosajón, palabra del castellano, y luego un nombre mapudungún).
Esto en razón de que teníamos que ir a buscar a mi queridísimo hermano que había ido a casa de su queridísima novia, quien vive a una cuadra de dicho centro comercial. Así, aprovechamos de comprar algunas prendas de vestir en uno de estos antros de ropa barata, que buscan esos muchos de los que quieren ponerse al día con las páginas que imponen los reyes de la moda en la televisión y el internet, y en el mundo de la música y el espectáculo, ésa frío y poco benevolente espacio social que llaman farándula. En fin, lo que llamamos moda. Lo que sé es que presenciar la efervescencia por llevarse ropa barata, de dudosa calidad, y siempre, con tarjeta de crédito, no era un bonito espectáculo. Lo suficiente para asquearlo a uno de por vida. Cuando tuve algunas poleras y un traje de baño en mis manos esperé afuera, mientras mi hermano, que recién había llegado, entraba a ver algo de ropa también. Me di cuenta entonces que ya no es cosa de la tienda en particular, si no del mall completo. Como cambia todo. Supongo que los de arriba, los dueños, han de estar felices porque el nivel adquisitivo sube. Eso sale en todos lados, por eso felicitan a todos los políticos, por eso sale la gente hablando maravillas de un país maravilloso como chile. Que lástima que la subida del poder adquisitivo no esté en concordancia con la baja en el nivel educacional de la gente. Tal vez son relaciones inversamente proporcionales. No se trata de elitismo. Se trata de abrir lo suficiente los ojos para darse cuenta de la banalidad de la gente, de la muerte intelectual de la ya uniforme clase media-acomodada-baja de este país. Por eso de repente no puedo evitar tener un mal caracho, mirar feo a la gente, y lamentablemente, juzgar antes, no queda otra, al menos para quienes como yo ven esta realidad, y se dan cuenta de que tantas ansias y de que tantos ideales no tendrán (en el fondo lo sabes) una buena acogida. Y que quizás ellos tampoco te conduzcan a un buen fin, partiendo porque te conviertes en un marginado. Te conviertes en un marginado, dispuesto a tener su propia escuela de pensamiento, y a no aceptar los cánones que el resto de la sociedad te impone.
Agradezco haber heredado el frívolo cinismo noventero, y no haberme quedado solo con el consumismo desatado del nuevo milenio. Por todo esto es que llevaba el caracho feo cuando el tipo que atendía en el Pizza Hut (cuyo parecido al cantante de Placebo me soprendió) me dijo "Que pasa compadre? Arriba el ánimo".